"Visc forastera en una terra xopa de desmemòria"
Joana Raspall

"Cert que sense oblidar no es podria viure, però nogensmenys no es podria viure sense recordar"
Rodolf Llorens

"Somos la memoria que tenemos y la responsabilidad que asumimos, sin memoria no existimos y sin responsabilidad quizá no merezcamos existir"
José Saramago

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Tercera parte

Joan Costa amb camisa blanca batent a l’era de cal Bolet (la Torre d’en Bernet) junt amb els seus fills Marcel·lí, Teresa, Josefina i una amiga a finals dels anys 50.

Total que no había el más pequeño espacio donde dejar la manta, maleta o pequeño petate para luego poder acostarse, en todas partes donde intentábamos meternos nos echaban a gritos y a veces a patadas nuestros propios camaradas de cautiverio. Por la noche con el frío que allí imperaba a base de apelotonarse como los rebaños, se arregló todo.
Dentro del campo (mejor dicho de la plaza) no se nos maltrataba ni nadie se metía con nosotros, más bien se nos ignoraba, es decir si uno se ponía enfermo podía morirse tranquilamente. Ya se encargaban de maltratarnos los piojos que con la suciedad y el amontonamiento proliferaban a millones, unos piojos gordos, relucientes y repugnantes.
Para abastecerse de agua había un solo grifo del tamaño del dedo meñique con lo que había largas colas para llenar la cantimplora, la única solución era levantarse por la noche, entonces no había cola, pero luego costaba trabajo entrar en calor con el frío y la humedad que allí imperaba. Para hacer las necesidades se utilizó un patio descubierto que llamaban “el desolladero” es decir donde desollaban los toros los días de corrida. Hicieron unos pasillos con tablones y a medida que subía la porquería, iban colocando tablones uno encima del otro, a los 30 días la cosa empezó a ponerse peligrosa, en caso de resbalar uno habría perecido ahogado en mierda.
Dos veces por semana un sacerdote plantaba sus bártulos en mitad de la plaza y celebraba la misa, a la que era obligatorio asistir, menos los que no se encontraban bien que podían seguir acostados en el interior.
Como daba la casualidad que llovía siempre (el clásico sirimiri) una lluvia fina casi imperceptible que te calaba hasta los huesos, cada día eran más los que se encontraban mal a la hora de oír misa, lo que al final se notaba a simple vista por la falta de “público” en las gradas. Aquel día la orden fue terminante. A golpe de garrote se obligó a salir a todos lo mismo los que simulaban estar malos que los que tenían fiebre. El piso de madera de los interiores retumbaba con las carreras y los garrotazos, a mí particularmente no me tocó nada pues tuve la suerte de que había una puerta de salida a la grada a pocos metros, a los que le cogió la “caza” en mitad del pasillo lo pasaron mal.
Después de la misa el cura hizo un sermón dedicado a los que habían tenido de correr, diciendo que estaba muy bien lo que había pasado, que había que sacrificarse para oír misa y que el también se estaba mojando etc. etc.
Lo que no explicó es que él seguramente después de mojarse se iba a su casa a ponerse ropa seca y tenía además una buena estufa, mientras que nosotros quedábamos ateridos de frío. La ropa sucia y mojada al secarse encima de nuestros cuerpos (mejor decir encima de nuestros huesos) lanzaba un olor pestilente y dentro de los pasillos de la plaza mejor parecía que había mulos en lugar de hombres.
A los pocos días de estar encerrados empezaron a llegar los primeros “avales”. Menudo jaleo se armó con el zafarrancho de los “avales”. Los primeros que tuvieron la suerte de recibirlos se convirtieron enseguida en personajes importantes dentro del recinto. Se comentaba de boca en boca”oye tu” sabes, aquel; el rubio de la chaqueta de cuero ha recibido el “aval” y en seguida era conocido y envidiado por todos. Lo mismo que en cualquier barrio de cualquier ciudad, las comadres hubiesen comentado “oye tu” sabes la Sra. de Rodríguez ha tenido dos gemelos.
El “aval” consistía sencillamente en un papelucho en que dos señores del pueblo, o distrito que uno habitaba, y que fueran “muy de derechas y muy católicos” afirmaban que fulano, que sí, que era buena persona, que había estado con los “rojos” pero por fuerza, que era de confianza y que hasta a veces los domingos iba a misa etc. etc. Sucedía muchas veces que estos señores que firmaban “avales” además de ser “ muy de derechas y muy católicos” eran también “muy caciques y muy sinvergüenzas” sin embargo de sus respectivas firmas dependía la libertad de muchos hombres. Algunos padres que tenían hijos en los campos de concentración o esposas que tenían a sus maridos, tenían que doblar el espinazo y arrodillarse para que les firmaran el “aval” algunos individuos repugnantes que ni siquiera eran dignos de quitarles el polvo de los zapatos a los soldados que habían luchado en los frentes de batalla.
Los “avalados” una vez clasificados tenían dos categorías, los clasificados A: que quería decir adictos y los clasificados D: que quería decir dudosos. Era una especie de lotería eso de las clasificaciones, a mí particularmente que nunca he tenido suerte en la lotería me tocó naturalmente la D.
La guerra había terminado por aquellos días todos los comba-tientes que habíamos sobrevivido (de uno y otro lado) estábamos contentos.
Era la época dorada de los desertores y los emboscados, ahora habían salido nuevamente a la luz del sol y algunos presumían de muy “Franquistas” pero dejando aparte una pequeña minoría, que por su condición social, sus creencias políticas y religiosas, habían tenido que esconderse para salvar su vida los demás eran una pandilla de cobardes. Sin embargo ahora algunos se habían afiliado a la Falange, desfilaban marcialmente y presumían con la camisa azul y la boina roja.
Mientras, en los campos de concentración; millares de soldados que habían defendido la República, cumpliendo con su deber, estaban encerrados en condiciones inhumanas, donde todavía muchos habían de perecer. ¡Hombres formidables! ¡Magníficos soldados! Habían soportado los bombardeos masivos de la aviación, las terribles preparaciones de la artillería que dejaban el terreno como un espacio lunar, el fuego graneado de fusilería y ametralladoras; batidos en cien retiradas y otras tantas vueltos a organizar, habían resistido con pan y sin pan, con manta o sin manta sin equipaje, sin un cigarrillo para calmar los nervios, muchas veces descalzos, mientras otros soldados de una misma patria, de una misma provincia, de un mismo pueblo a veces hermanos desfilaban ahora bajo banderas victoriosas.
¿Qué había ocurrido? ¿Es que todos los Españoles estaban locos? Sencillamente habíamos perdido la guerra.
¡La guerra Civil! Un juego criminal en que todos debíamos apostar, te gustara o no, con ganas de jugar o sin ellas, y naturalmente después unos habían ganado y otros habían perdido y muchas veces en el envite se fugaba la vida.
Poco tiempo después estalló la guerra mundial, lo que hizo que lo de España se olvidara, se quedara pequeño. También el final (un final al que siempre cuesta mucho llegar) unos perdieron y otros ganaron. Entonces se inventó algo nuevo, algo que estuvo muy bien. En vez de pagar solo los pequeños se condenó también a los grandes Jefes, como criminales de guerra y fueron ahorcados. Mariscales, Generales y Almirantes se les puso la soga al cuello. Aquello estuvo magnífico, pero según mi criterio hubo un fallo, había que colgar también a los grandes Jefes que ganaron porque la guerra es siempre un crimen ya des del primer cañonazo y no importa se gane o se pierda.
Porqué los pequeños, los soldados, los habitantes anónimos de las naciones, estos pierden siempre.
Pero volvamos atrás: Los clasificados con la D éramos concentrados en grupos más o menos numerosos en el campo de concentración de Miranda de Ebro. Esto sí, era el típico campo de concentración con sus barracones de madera formando calles que desembocaban en una plaza con una tribuna de madera donde se colocaban el jefe o los jefes cuando nos hacían desfilar en una especie de instrucción verdaderamente lamentable. Avanzábamos en filas de a tres y entonces la cosa iba más o menos bien, pero al llegar frente a la tribuna ordenaban: ¡izquierda mar! ¡vista a la derecha! y entonces se armaba la gorda, al pasar de fila de 3 a línea de 3; aquella línea en vez de quedar recta quedaba... como quedaba.
El Jefe entonces se enfurecía y con grandes aullidos ordenaba otra vez repetir la maniobra, lo que consistía que a paso ligero había que dar la vuelta a todos los barracones para empezar de nuevo el desfile.
Había hombres de todas las edades, algunos que seguramente nunca habían hecho instrucción, desde de luego todos mal vestidos y peor alimentados, a la segunda o tercera vez (a veces se había repetido la maniobra hasta 5 veces) algunos se caían ya con el paso ligero y más o menos todos sacábamos la lengua jadeantes. Una vez formados de nuevo en filas de 3; los cabos (unos pobres diablos que habían sido nombrados cabos de entre los mismos prisioneros) se desgañitaban dando órdenes, jurando a Dios y al Diablo para que la cosa saliera bien. Resultado: a la segunda vez, salía peor, a la tercera más, hasta que el jefe de turno, siempre aullando ordenaba que nos fuéramos al infierno, que no quería vernos más, así terminaban siempre los desfiles, al menos los pocos días que nosotros estuvimos allí que fueron solamente 9 días desde que ingresamos hasta que se formó el Batallón. de trabajadores 903, destinado a Tetuán (África).
Ya en el momento de entrar en el campo la cosa me causó mala impresión. Lo mismo que al ingresar en la Plaza de Toros de Vitoria, nos ordenaron que debíamos entregar: los billetes de banco “Rojos” las armas o “cualquier objeto punzante o cortante” pero así como en Vitoria fue sólo de palabra y cada uno dejaba encima de una manta “ parada al efecto” lo que parecía que debía entregar, allí en Miranda una patrulla de soldados nos registraba uno a uno, el macuto, la maleta, la cartera, etc. etc., por cierto que observé que los billetes de banco “Rojos” que muchos no habíamos entregado, en vez de tirarlos a la manta se los metían en los bolsillos disimuladamente; algunos se los llenaron a rebosar, desde luego no tenían ningún valor, pero eran tan bonitos y tan nuevecitos.
A mí me quitaron además el corta plumas, las hojas de afeitar y el tenedor, por lo visto estos objetos estaban clasificados entre los “cortantes y punzantes”.
Al poco rato de estar en el campo nos pasaron también revista de limpieza; los piojos que llevábamos a millones por lo visto no estaban incluidos en esta “limpieza” pues nada nos dijeron al respecto, solamente nos dijo el Sargento que pasaba la revista, que por su manera de hablarnos y mirarnos por lo menos se consideraba General de Brigada o de División que debíamos ir inmediatamente a la peluquería a que nos pelaran a todos al cero. Así fue en efecto, solamente que en la peluquería los sirvientes (otros pobres diablos reclutados también entre los prisioneros) disponían de unas herramientas tan malas y oxidadas que eso del cero era solamente en algunas zonas de nuestra cabeza, en otras quedaba el pelo al tres o al cuatro por lo menos, además como había mucha gente y poco servicio, ordenó el encargado del lugar que no había tiempo de afeitarnos, eso es solamente esquilar (o trasquilar) con lo que nuestras “fachas” aumentaron todavía algunos enteros, yo creo que ya poco nos debía faltar para ser lo que tantas veces nos habían llamado “las Hordas Rojas“.
Al poco rato de andar sueltos por el campo encontré un paisano mío, casi vecinos. Era un buen chico, eso si muy ignorante, me dio enseguida malas noticias para los que llegábamos como yo con la D, dijo que por las noches metían algunos al calabozo y les daban palizas para saber no sé que cosas, a mí la verdad no me ocurrió nada y tampoco supe de ninguno, por lo menos del grupo que había ingresado conmigo, pero la noticia me dejó un poco receloso, aquel era desde luego un mundo bastante raro, me aconsejó además que cuando tocaran “fajina” me diera mucha prisa a formar pues a veces a los últimos no les llegaba la ración y se quedaban sin comer hasta el día siguiente. Siguiendo su consejo, ya antes del toque estaba yo preparado con mi plato y mi cuchara y al primer clarinazo salí disparado a formar; total que me tocó de los últimos menos algunos que eran los que como yo habían ingresado aquel mismo día, a aquellos pobres nadie les debía haber advertido que había que darse prisa. Aquel día sin embargo la ración llegó, es decir un cazo para cada uno, la cena consistía en guijas hervidas en aquellos grandes calderos que cocían al menos un saco en cada cubo. Por lo visto debían vaciar los sacos dentro de la caldera tal como venían pues a mí me tocó un cazo de agua hervida y un puñado de piedras, unas piedrecillas redondas y relucientes propias de los terrenos pobres donde se cosecha esta clase de legumbres. Después de tantas cosas raras como me habían sucedido aquel día, tuve un arrebato de furia y tiré de un golpe a un rincón oscuro junto a mi barracón todo el contenido del plato es decir el caldo y las piedrecillas. Sin más me dirigí al sitio que tenía destinado en mi barracón, que era un lugar oscuro en un rincón del segundo piso.

Cuarta parte

Joan Costa amb els companys al front de Rubiales a Terol. El día 2 de octubre de 1937.

Todos los barracones tenían dos plantas, es decir, la que había a ras de suelo y un entarimado de madera que formaba el segundo piso al que había que trepar por unos topes clavados en una de las pilastras. Me enrollé la manta tapándome hasta la cabeza y me dispuse a dormir. No habían tocado silencio todavía, y en el barracón al que en cada uno se alojaban 100 hombres había gran bullicio, de unos que hablaban, otros que cantaban y algunos que gemían. Al poco rato oí que alguien gritaba mi nombre. De momento tuve un pequeño sobresalto por los informes que me había dado mi paisano, y en vez de contestar me tapé todavía más con la manta; otra vez llamaron más fuerte, y otra y otra, entonces me levanté y tímidamente contesté “presente”. Enseguida subieron atropelladamente dos camaradas que habían pertenecido a mi Cía. al salir al frente con el antiguo Bon. Figueras. Uno de ellos había estado conmigo de ranchero donde yo era entonces Cabo Furriel de la Cía. Una bomba de aviación le había reventado los tímpanos y era casi completamente sordo, por lo que al hablar o pedir por alguien lo hacía siempre a grandes gritos. Le hicieron una vez una revisión y al ser declarado de servicios auxiliares fue cuando ingresó de ranchero en mi Cía., donde estuvimos muchos meses juntos, en el frente de Teruel, hasta la llamada retirada de Aragón, desde donde no habíamos vuelto a vernos, lo mismo que al otro que venía con él. Hacía ya algunos meses que estaban allí prisioneros, y no sé como se enteraron que yo estaba allí, el caso es que no pararon hasta dar conmigo.
Nos abrazamos con gran alegría, y al decirle yo que no había contestado la primera vez porque tenía un poco de miedo, pues me habían dicho que en aquel campo que si tal y cual, me dio una palmada en el hombro y me dijo: “Vamos, hombre, no seas quinto, aquí no pasa nad, si quieres algo me lo pides a mi que soy aquí un veterano de los que llaman “padres”, y me abrazaba fuertemente”. Vaya con el Furri, mi pobre Furri, me decía, lo mismo que en Teruel nunca me llamaba por mi nombre y siempre usaba el diminutivo de Furriel.
Estuvimos toda la noche charlando los tres. Cada uno explicó su historia, con la que podría hacerse un libro de casi cada uno de los que estuvimos en la guerra. Era un gran muchacho aquel ranchero sordo valiente, fuerte como una roca, tozudo como una mula. Era capaz de jugarse el pellejo por un paquete de cigarrillos. El otro que vino a verme, por cierto, de un pueblo cercano, poco tiempo después me enteré que lo habían fusilado, nunca supe por qué causa, pero creo que él no lo pensaba cuando hablamos por última vez, aunque recuerdo que cuando yo le dije que había regresado de Francia me contestó que ojalá él hubiese podido llegar a Francia.
Era el 14 de abril de 1939, el año anterior, en plena retirada de Aragón, todavía habíamos celebrado de alguna manera el aniversario de la Repúblia. Esta vez estábamos formados en la estación de Miranda de Ebro para emprender el viaje hacia Tetuán.
A primera vista, a cualquier persona sensata le habría parecido, al ver el tren que nos esperaba, que allí faltaban vagones y sobraban hombres, pero no, el cálculo estaba bien hecho porque vinieron justos los hombres y los vagones, con una condición, de que allí, si en vez de meter hombres meten borregos de la forma que íbamos apretados, ni uno solo hubiese llegado vivo a África, pero los hombres somos más fuertes que los borregos y todos llegamos sin novedad.
El viaje no fue del todo mal; había juventud, ganas de vivir, la guerra había terminado, estábamos vivos, el viaje era gratis y ¿qué más podíamos pedir?
En las estaciones sufríamos larguísimas paradas, pues todos los trenes tenían preferencia de paso sobre nosotros, incluso los de mercancías. Entonces se aprovechaba para que pudiéramos hacer nuestras necesidades, se abría la puerta del vagón y podíamos saltar a tierra, detrás de un talud, de algun vagón destrozado o cualquier obstáculo, cada uno se las arreglaba como podía. No se dio nunca el caso de ninguna deserción a pesar de que la vigilancia en algunos casos no podía ser eficiente.
Nadie se escapaba, sin embargo, ¿a dónde íbamos a ir? Después de tres años de guerra, lejos de las familias, llevarnos para el África a trabajar como prisioneros, era cruel, inhumano, bochornoso, pero nosotros no teníamos ya voluntad, éramos como muñecos rotos insensibles a todos los golpes.
Además, por aquellos tiempos, los caminos no conducían a ninguna parte. El conflicto se presentaba por las noches, pues se daba el caso de que aunque de pie cabíamos todos, al acostarnos entonces faltaba espacio y no era raro que te despertaras teniendo delante de la narices el pie de un camarada con el calcetín sudado y sucio que hacía el efecto casi de anestesia; otras veces te despertaba un gran dolor y era que otro compañero te había puesto las rodillas empotradas a los riñones.

Quinta parte

Una part de l’escrit original d’en Joan Costa.

Pero después de la noche venía el día y se cantaba una y otra vez. Un camarada analfabeto llevaba un viejo acordeón arrugado y desteñido salvado en quién sabe cuantas peripecias, pedía a veces que le hiciéramos un poco de sitio, se sentaba encima de su maleta de madera y se ponía a tocar. Su especialidad eran los tango. La “Cumparsita” (más o menos) sonaba una y otra vez.
El conflicto más grave se presentó una vez en que por casualidad el tren anduvo largas horas sin parar. Un camarada tuvo entonces una necesidad perentoria de aquellas que no pueden esperar. Se le comunicó al soldado de la escolta (un buenísimo muchacho), el cual, naturalmente, contestó que no podía hacer nada, no podía detener el tren ni comunicarse con el mando. Fueron momentos de angustia porque la cosa no podía esperar más, era como un parto, había que desocupar como fuera.
En el último instante, al camarada se le ocurrió una idea, cogió su plato de campaña, que todavía no habíamos estrenado, y aquello sirvió de orinal. Después por la rendija de la puerta tiró a la vía el plato y su contenido. “Lástima de plato”, dijo alguien; va, dijo el camarada, ¿para qué queremos el plato si nunca comemos caliente? En vista de aquel incidente desagradable, al soldado de guardia se le ocurrió una solución. En un rincón del vagón donde la madera estaba carcomida, con el machete hizo un agujero. Aquel improvisado “retrete” prestó durante el resto del viaje muy buenos servicios. La única condición era que después de utilizarlo, como el agujero no era redondo, cada uno tenía que limpiarlo con un papel o con un trapo. Una vez un compañero que no debía disponer de ningún papel o trapo, cogió su cuchara y con toda parsimonia fue echando los restos a la vía y después tiró también la cuchara por el agujero. Va, dijo, para qué quiero la cuchara si nunca comemos sopa. Menos mal que el régimen a base de latas de sardinas no era propenso a la diarrea.
A los 6 días de viaje llegamos a Algeciras, nos pusieron a descansar en un verde prado en contraste con la aridez de aquellos parajes y yo pensé: si en vez de hombres hubiesen descargado corderos, sería una delicia para ellos, pero no, rectifiqué enseguida, si en los vagones hubiesen ido corderos, estarían muertos. Un grupo de soldados moros que estaban allí seguramente esperando el mismo barco para pasar el estrecho, nos insultaron llamándonos rojos, naturalmente; después se pasaban el dedo índice por la garganta en sentido horizontal como indicando que de buena gana nos cortarían la cabeza, y incluso intentaron agredirnos, cosa que impidieron rápidamente los soldados de nuestra escolta. Con la forma contundente que fueron rechazados, incluso pudimos comprobar que no gozaban de muchas simpatías incluso entre los soldados españoles que habían luchado en su mismo bando.
¡Pobres soldado, moros!, me dieron lástima. Habían sido carne de cañón durante toda la guerra sufriendo una terrible escabechina, habían luchado por Dios y por la Patria, un Dios que ellos desconocían y una Patria que no era la suya. Si al menos hubiesen podido luchar por Alá, por Mahoma o sus miserables cabilas. ¿Porqué habían traído a España a luchar aquellos desventurados?
El Bon. de trabajadores fue destinado íntegro al campo de aviación de Sania Ramel, en las cercanías de Tetuán.
Diciendo estrictamente la verdad, nos trataron en general bien, disponiendo de buen alojamiento con buenas duchas. Pudimos enseguida despojarnos de los piojos y en pocos días, a base de pomada de azufre, nos quitamos la sarna que muchos padecíamos. A propósito de los piojos, respecto a mí, diré que llevaba una chaqueta de cuero que en el cuello y las bocamangas eran de punto. Como el cuero se ve que a los piojos no les gustaba, se acumulaban en el cogote y en las muñecas que casi me habían rebajado unos milímetros, sin que yo me diera cuenta, pues no me molestaban en absoluto; se ve que es cuestión de acostumbrarse. Para el trabajo éramos distribuidos en grupos cada uno con sus guardias, así unos trabajaban en el campo rebajando terreno a golpe de pico, otros rellenaban con piedras, otros éramos conducidos cada mañana a la cantera donde unos barrenaban, otros picaban piedras, otros llenaban los camiones, etc. A mi, con otros 3 hombres “veteranos” (los 4 éramos del reemplazo del 35), nos toco casi un enchufe. Es decir, nuestra misión consistía en quitar una capa de tierra que había por encima del tajo de piedra, teníamos una vagoneta que cargaba cada vez 1/2 tonelada de tierra, luego por una vía con un pequeño desnivel descargábamos a un terraplén de muchos metros de altura, sólo era cuestión de empujar un poco al arrancar y ella sola marchaba a su destino, incluso dos podíamos montar en ella y después empujando debíamos llevarla otra vez al sitio de carga. Aquella operación podía realizarse cada 30 minutos más o menos sin excesivo esfuerzo, pero como el sitio paraba un poco escondido de donde trabajaban los demás y estaban los guardias, a veces en toda una mañana sólo bajábamos una vagoneta y aún a medio llenar. Sólo dos veces nos descubrió, siempre el mismo, un Cabo que tenía malas pulgas. Nos echaba una gran bronca llamándonos vagos y amenazando con darnos con la culata del fusil si no trabajábamos fuerte.
Las dos veces la bronca dio el mismo resultado, llenábamos la vagoneta a rebozar, empujábamos fuerte, la vagoneta cogía velocidad y al llegar al final saltaba el tope y se despeñaba por el terraplén a más de 500 metros cuesta abajo. Entonces había que dar cuenta clara de lo que había pasado. El Sargento de la guardia se enfadaba muchísimo y nos ordenaba que subiésemos la vagoneta otra vez al tajo. Para esta operación había que dar un rodeo de casi dos kilómetros y entonces sí que sudábamos de verdad, pues aquel maldito artefacto sin vías se clavaba en la tierra y había que empujar fuerte. Llegábamos arriba completamente agotados pero satisfechos. ¡Por algo éramos veteranos! Al final nos ficharon y nos “despidieron” del trabajo destinándonos a otro lugar. Casi había que darles la razón.
Un día por la mañana, mucho antes de la hora de terminar el trabajo, nos condujeron a una explanada cerca de las pistas de aterrizaje. El objeto era que habían de presentarnos al nuevo Comandante del Bon. que había de sustituir al que teníamos antes. Como siempre ocurre en estos casos, el nuevo Comandante se presentó un par de horas más tarde de la anunciada. Aquel día teníamos como Oficial de día un Alférez de Regulares, el tipo más asqueroso que pueda existir, con unas gafas de las más gordas a causa de su miopía. Era el único que no podíamos tragar, y él a nosotros menos, pues nos trataba de la peor manera. Seguramente por su gusto nos habría fusilado a todos, y es que aquel morucho, además de su facha, era malo y cabrón de verdad.
Como el sol apretaba fuerte, el tío se fue a una cantina que había cerca que pertenecía a la Cia. de aviación Italiana “Ala Littoria”, la única que hacía vuelos regulares por aquellos tiempos; a dicha cantina nos estaba prohibido a nosotros entrar. Después de mucho aguantar el sol, nos fuimos desperdigando a la sombra de unos arbolitos pequeños que había. Como cada sombra podía cobijar unos pocos, algunos fuimos a parar bastante lejos. De pronto apareció el coche del nuevo Comandante, entonces el Alférez salió de la cantina precipitadamente mandando a sus soldados para que formaran el Bón. Entonces se dio cuenta aquel cabrón que algunos estábamos lejos y mandó corriendo a un soldado diciéndole ¡ya puedes matar alguno si quieres que no te pasa nada!. Fue una escena parecida a cuando un perro pastor se repliega en un rebaño, al llegar a la fila nos dirigió una mirada furibunda abroncando al soldado porque no había matado ninguno, ni siquiera nos había dado con la culata del fusil. Al poco rato nos pasaba revista el Comandante, el cual, según dijo, nos encontraba muy bien y estaba contento de mandarnos, se preocuparía mucho por nosotros, si necesitábamos algo se lo pidiéramos, etc., atc. El Alférez, muy solícito, iba de un lado para otro deshaciéndose en zalemas haciendo como que nos quería mucho y se preocupa por nosotros restregándose junto al nuevo Comandante como un perrito faldillero.
A los cuatro “Veteranos” despedidos de la cantera nos dieron nuevo empleo, ayudantes de camionero, es decir, con un camión a cargar y descargar lo que fuera. Era un “Mercedez Benz” acabado de estrenar, todavía no le habían puesto la cabina, sólo unos asientos provisionales junto al volante.
Conducían los camiones unos chóferes de paisano que sin embargo, según ellos, estaban “militarizados” no sé muy bien qué significaba aquello. Nuestro chofer era un hombre bastante joven, nervioso, buena persona, algo histérico; en vez de mandar sobre nosotros, más bien hacía lo que nosotros mandábamos. El camión llevaba instrucciones junto al volante de que no podía pasar de los 50 kilómetros a la hora. Un día que fuimos a cargar arena a una playa bastante lejana, por una carretera estrecha y desierta le dijimos que pisara el acelerador a ver si llegaba a los 120 km que señalaba el cuadro de velocidades. Estaba rigurosamente prohibido pasar de los 50 según las instrucciones que daba cada mañana el Sr. Cuenca, encargado de los 20 camiones que trabajaban para el campo.
Sin embargo, el chofer, para darnos gusto, empezó a acelerar: 80 – 90 – 100 – 110. La carretera era cada vez más estrecha, al final nos llevamos una vaca por delante y así terminó la prueba que podía terminar peor.
Un día nos mandó el encargado a cargar piedra picada a un depósito cerca de Tetuán por la carretera que va a Tánger. Era un resto de grava que había sobrado de unas obras y que habían adquirido para el campo de aviación.
Por la mañana vino con nosotros el propio encargado para ver cómo estaba el camino de entrada y salida.
Había que pasar un pequeño torrente con un puente a base de traviesas de ferrocarril y tierra por encima.
Por algún trecho, la tierra se había colado y había agujeros en las traviesas.
Entonces ordenó al camión que fuera a cargar a otros. Solamente con dos hombres y a los otros dos nos mandó arreglar el puente, metiendo ramas y luego tierra por encima. Marchó el encargado con el camión y así quedamos solos un compañero y yo. En poco rato estuvo arreglado aquello, desde luego a nuestro modo de entender el arreglo. Nos sentamos junto al montón de piedra, hacía mucho calor, teníamos sed, no muy lejos de allí había un barrio de chabolas miserables y un pozo donde constantemente sacaban agua moras y rapaces.
Nos fuimos allí pidiendo agua, cosa que hicieron al momento, por cierto, agua fresca y buena. Como el camión no venía todavía a cargar, nos quedamos allí recostados viendo el ajetreo de aquellas pobres gentes.
De pronto una mora vieja y desdentada empezó a mirarnos y por la inscripción que llevábamos en el gorro, un gorro redondo de presidiario con una T que quería decir “Trabajadores” empezó a gritar llamándonos rojos; luego, cogiendo un niño en brazos, dijo “rojos, matar padre de este niño”. Otras moras hicieron lo mismo, cogían un niño y decían siempre: “Rojos, matar padre de este niño”.
Al momento nos vimos rodeados de una multitud de chiquillos desarrapados, sucios, llenos de costras, de mocos y de moscas que gritaban con todas sus fuerzas: “Rojos, rojos, rojos”. Cogí a mi compañero por el brazo y le dije: “Vámonos de aquí”. Me soltó el brazo rabioso diciendo: “Quita, hombre, para qué tenemos que marcharnos? Si cojo uno por las patas, lo estrello contra la pared como un conejo”.
El tumulto aumentaba por momentos, salían moras y chiquillos por todas partes. Al final pude convencerle y nos marchamos al otro lado del puente donde nadie nos molestó. Cuando llegó el camión a cargar, le explicamos al encargado lo que había sucedido, el cual nos dijo: habéis hecho bien en marcharos, en este barrio no quedó ni un solo moro durante la guerra y las mujeres andan detrás de los hombres como perras.
Los domingos se celebraba siempre una misa de campaña a la que asistían todas las fuerzas militares incluidos nosotros, naturalmente. A nosotros nos mandaban formar a veces una hora antes de la misa. No sé si debido al calor o a la mala alimentación o lo que fuera, cada domingo se desmayaban algunos durante la formación. Entonces lo cogían entre dos o tres compañeros y lo llevaban a una sombra donde permanecían sentados hasta que se le pasaba el mareo, cosa que a veces sucedía cuando ya la misa había terminado. Al poco tiempo los “veteranos” ensayamos un truco: uno de los cuatro se dejaba caer desplomado, entonces los otros tres le llevábamos a la sombra y nos quedábamos sentados. La espera era mucho menos desagradable.

Joan Costa Cusiné, amb el clavell a la solapa. Era el 15 d’octubre de 1963 a l’església de Sant Martí, el dia del casament de la seva filla Teresa. Al mateix banc, i al seu costat, per ordre hi ha: el fill petit, Jordi; l’esposa, Lluïsa; la filla, Josefina; el pare, Marcel·lí, i el fill, també Marcel·lí.

Era el 20 de Agosto de 1939, en Tetuán la atmósfera era caliginosa, al atardecer los distintos grupos del Bon. regresaban al campamento, los uniformes y el color de la piel tenían el mismo color de los caminos polvorientos. A poca distancia, a no ser por el movimiento, nadie nos hubiera distinguido.
Por la noche, leyeron una pequeña lista de nombres que quedaban en libertad.
Entre ellos estaba yo. Tuve una gran alegría, naturalmente, pero al mismo tiempo sentí pena por tantos compañeros como quedaban allí llevando una vida tan miserable. Fuimos el último grupo que salió en libertad; a los pocos días estalló la Guerra Mundial y permanecieron allí largos meses hasta que al final los licenciaron en bloque. El viaje de regreso a casa con 5 días de viaje ampliables a 6 y 12 pesetas. de subsidio cualquiera puede imaginárselo, uno vendía la camisa que llevaba puesta, otro los únicos zapatos y cosas por el estilo.
En Granada nos ocurrió un hecho curioso. Nos disponíamos a acostarnos debajo de unos arbolitos en una plaza cercana a la estación, habíamos ya tendido nuestras mantas en el suelo cuando acertó pasar por allí un soldado “Nacional” andaluz de pura cepa y borracho como una cuba. Nos preguntó: “Y qué estáis haciendo, hermanos? Mira, le dijimos, vamos a acostarnos, venimos de África de un Bon. de Trabajadores y no tenemos dinero para una pensión”.
Se puso a jurar y maldecir, diciendo que no iba a consentir que sus “hermanos” durmieran en la calle. Venid conmigo, dijo. Nos condujo a un almacén de paja del Ejército, y allí había un guardia que se encaró con él diciéndole: “Aquí te traigo a esos hermanos (siempre que se dirigía a nosotros nos llamaba hermanos) para que duerman aquí dentro. No tienen dinero, ¿sabes?, eran prisioneros y no quiero que duerman en la calle. El centinela le contestó que tenía orden de que allí no entrara nadie, y en todo caso que hablara con el cabo de guardia. Se puso furioso el soldado borracho. ¡ A ver donde está el cabo!, dijo. Fue en su busca y el cabo le dijo lo mismo que el centinela, que allí no podía dormir nadie, que aquel almacén era del Ejército y que se podía prender fuego y él era el responsable, etc., etc. El andaluz le contestó: “Pues mira, mis hermanos duermen aquí esta noche porque lo digo “cho”, que ellos son “mu” “güenos” y no van a “pegá” fuego, y aquí el único que le pega fuego al almacén soy yo si no los dejas dormir aquí.
Al final, el cabo consintió en que entráramos allí , advirtiéndonos sobre todo que no fumáramos y que nadie se enterara.
El “hermano” nos ayudó a acomodarnos, quitando las pacas de paja que estorbaban. Aquí sí estaréis bien, repetía, y no se marchó hasta que estuvimos acostados. “Si queréis -dijo-, me quedo para que no os pase nada, hermanos”. Le dimos las gracias y le dijimos que podía marcharse tranquilo que estábamos requetebién. Y se marchó satisfecho tambaleándose. Fue la noche que mejor pasamos en todo el viaje.
Al llegar a casa, los abrazos y los besos de los padres y la novia valían más que aquellos meses de cautiverio. Por la noche, cuando me acosté, las sábanas limpias y el colchón demasiado blando me impedían dormir. Estuve largo rato dando vueltas en la cama. Las sábanas, tal vez por la falta de costumbre, se me enrollaban en el cuerpo produciéndome malestar. Tuve un mal sueño. Y soñé (cosas terribles y absurdas de la guerra) otra vez la guerra. Estaba en el Ebro, en la cota la Picosa, encima de la Venta de Camposines, hacía muchas horas que la artillería disparaba contra nosotros, no quedaba un árbol ni una rama. Junto a mi había todos los soldados de la Cia., pero como en un extraño juego de “Mecano”, estaban desmontados a piezas piernas, brazos, troncos, pero estaban tranquilos. A mi también me habían matado y yo protestaba porqué no quería que me quitaran los zapatos. Me desperté con sobresalto, estaba sudando.
Sentí un gran alivio, no disparaba la artillería, no me habían matado y nadie quería quitarme los zapatos.
Pero pensándolo bien no era tan absurdo, no, lo que había soñado, ya que lo había visto muchas veces que a los soldados muertos les quitaban los zapatos.
Fin de la 1ª parte, “Nosotros... los que perdimos”

Sexta parte

Foto dels pares de Joan Costa que van patir la brutalitat d’una guerra civil i la incertesa de tenir el fill combatent al front sense saber moltes vegades si era viu. El pare, Marcel·lí Costa Santacana, i la mare, Teresa Cusiné Casulleres.

Después de tantos años, este pequeño relato tal vez no tenga ya ningún valor, o tal vez con los años le pase como al vino viejo que gana en calidad porque los hechos fueron más o menos así, no pueden borrarse, aunque a muchos les duela.
Si los que estuvimos en la guerra nos dirigiéramos a muchos lugares donde había batallas, escarbando un poco seguramente encontraríamos todavía huesos humanos de tantos camaradas como quedaron allí. Sobretodo los huesos más grandes deben estar todavía enteros. Saldrían huesos largos que pertenecieron a unas piernas ágiles o unos brazos vigorosos, o tal vez una cabeza, con los huecos rellenos de tierra, redonda como una pelotita.
Examinando mentalmente esta cabeza sacaríamos la conclusión de que tenía una boca que podía cantar o proferir blasfemias, una nariz que podía oler perfumes y además ayudaba a respirar, unos ojos que miraban con amor o veían cosas espantosas que seguramente fueron las últimas que vieron, unas orejas que podían escuchar música deliciosa o la explosión de los obuses y las bombas, que también fue lo último que escucharon, y todo cubierto en una envoltura de carne y piel que tal vez le daban la expresión de un rostro hermoso, lo que ahora sólo es una cosa repugnante. Vaya, vaya, cuantas cosas tenía esa pelotita...
En el Ebro teníamos un Comandante que según el Estado Mayor era muy valiente. Sobretodo cuando él, metido en un buen refugio, daba órdenes por teléfono a las Compañías y ponía los enlaces por detrás con la orden expresa de que pegaran un tiro al primero que diera un paso atrás.
Cuando se producía una situación de peligro, enseguida comunicaba al Mando Superior que allí no pasaría nada que por algo estaba su Batallón, y si no se derrumbaba su refugio, las Cias. quedaban donde estaban, enteras o a pedazos.
Resultado: que a mediados de septiembre, a poco más de la mitad de la batalla del Ebro, el Bon. había sido reorganizado dos veces, y de los que cruzamos el río el primer día no quedábamos ni la tercera parte, y a primeros de octubre prácticamente no quedó Bon. ni Comandante.
Fue más o menos sobre mediodía, en uno de los follones en que siempre andábamos metidos, y cuando ya habíamos retrocedido un kilómetro más o menos del sitio que debíamos ocupar, un proyectil de gran calibre partió al Comandante por la mitad, a menos de 50 metros de un grupo de hombres entre los que me encontraba yo. Según la opinión de todos, aquel era el proyectil mejor aprovechado de los miles que nos disparaba el enemigo. Claro que esta era una opinión muy particular que cada uno guardaba para si mismo. De momento aquello representó el final al menos por unos cuantos días, ya que por la noche nos retiraron del frente.
Con dos camiones hubo suficiente para trasladarnos a retaguardia, unos 80 hombres más o menos. Después, cuando se enteraron que estábamos descansando, a los tres o cuatro días todavía llegaban hombres que habían quedado camuflados por allá arriba. Según el Alto Mando, nuestro Comandante había muerto como un héroe, y tal vez fuera verdad, y es que para que un Comandante salga en la orden del día, obtenga alguna condecoración o un ascenso, es preciso que antes muchos soldados hayan quedado despanzurrados.
Todavía a primeros de noviembre nos llevaron otra vez al frente, pero ya el Bon. no tenía ningún empuje, era como un enfermo convaleciente que necesita todas sus fuerzas sólo para andar, y no es capaz de empujar nada; además los refuerzos que nos habían mandado eran ya los últimos residuos de lo que se podía aprovechar, gentes sacadas de todas partes, enchufados, hombres que habían fingido estar enfermos y otros que lo estaban de verdad, muchos campesinos que todavía llevaban puestas las alpargatas y las gorras propias del oficio, y que no les iban los zapatos y las gorras militares, porque ya se sabe que los campesinos tenemos los pies y la cabeza un poco gordas y por aquellos días las tallas de cada uno no se podían escoger.
Desde luego ninguno de aquellos hombres que vinieron para suplir bajas habían estado nunca en ningún frente, y el hecho de que la primera vez fuera precisamente en el Ebro y por aquellos días pude suponerse su estado de ánimo y también el nuestro. Un Sargento amigo mío me dijo medio en broma el día que salimos para arriba. Mira qué pelotón me han destinado, menudo papelito vamos a representar cuando lleguemos a las trincheras, y se reía sarcásticamente con un dejo de amargura, de víctima propiciatoria; el día 9 de noviembre, un rasguño, una herida de suerte, me proporcionó la manera de salir del frente en ambulancia, que era la única manera que podía salirse del Ebro. Aquello me evitó la última parte del drama que sobrevino el día 15, o sea, sólo 6 días después, cuando las últimas fuerzas repasaron otra vez el río.
La batalla del Ebro había terminado, se habló de que habíamos tenido 80.000 bajas. Yo no sé si fue más o mucho menos, dudo de que nadie llevara bien la cuenta porque estas estadísticas siempre vienen con números redondos (50.000 – 60.000, etc., etc), y es muy casual que sea así porque podrían ser, por ejemplo, 60.001 o 79.999, pero no, se ve que siempre vienen justos, o es que tratándose de hombres es lo mismo que mueran unos centenares más o menos. En los campos de prisioneros nunca faltaba (eso sí) un cura rechoncho y bonachón que nos echaba sermones e intentaba consolarnos a su manera. Nos llamaba hermanos, hijos, pedazos del corazón, etc., etc. Decía que debíamos estar contentos ya que habíamos venido del infierno y ahora estábamos otra vez en el cielo. Pero para nosotros la frontera entre el cielo y el infierno era una línea tan sutil, tan indefinida, que apenas se notaba diferencia, es lo mismo que a veces paseando o en una excursión te dicen ahora estamos ya en la provincia de Tarragona. Si no te lo advirtieran, no te darías cuenta. Con todo, yo creo que las fronteras entre el infierno y el cielo deberían estar más bien marcadas.
Después de un buen rato de sermonear, el buen cura nos invitaba (o nos ordenaba) a rezar el padrenuestro, todos a una.
Con grandes ademanes y alzando mucho la voz empezaba el primero. La arrancada se producía con estrépito y de forma desigual como un motor descompuesto. Había que empezar de nuevo. A la segunda o tercera vez, a trancas y barrancas, la cosa seguía adelante: Padre Nuestro que estás en cielo, hágase Señor tu voluntad aquí en la tierra como en el cielo.
Por lo visto, la voluntad del Señor había sido que del cielo cayeran bombas de 100 kg y que en la tierra explotaran los obuses cada vez más potentes, más espesos. También debía ser voluntad del Señor que lleváramos tantos piojos, que pasáramos tanta hambre.
Para “nosotros, los que perdimos”, la voluntad del Señor hacía ya mucho que estaba pulverizada.

Foto de Joan Costa Cusiné a l’any 1948.

También a veces nos largaba una alocución o discurso un militar muy planchado y con las botas relucientes.
Sus peroratas siempre eran las mismas: la madre patria, el sacrificio, el heroísmo, etc., etc. ¡La madre Patria! Otro mito que para nosotros también se había derrumbado. ¡Nosotros estábamos prisioneros en nuestra propia Patria! ¿Porqué? ¿Qué había sucedido? ¡Habíamos perdido la guerra y había que pagar! Las guerras son así. La nuestra fue cruel y despiadada, tuvo cosas viles y cobardes propias de un pueblo sub-desarrollado, odios y venganzas ancestrales como de unas tribus del África negra.
La guerra civil fue un juego sucio y bochornoso; como un garito clandestino de los bajos fondos, donde unos rufianes tiran con dados falsos y cartas marcadas, y al final de la noche larga, unos cuantos (siempre los mismos) se quedan con el botín y otros muchos (también siempre los mismos) se quedan en la miseria y desesperación.
Con lo dicho, basta y sobra; también el mito del Glorioso Alzamiento queda pulverizado. Entre los vencedores había de todo, buenos, malos y mitad y mitad. Entre los vencidos, más o menos igual. Todos éramos españoles. Entre los nuestros los había que llevaban enormes y casi repugnantes cicatrices, otros habían sido levantados por los aires por las explosiones y estaban vivos sólo de milagro. Y nadie había cantado su gesta. Eran unos héroes sin medallas, unos colosos sin fortuna, unos dioses sin altares, y todos, absolutamente todos, tan poquita cosa, tan insignificantes, como unos pajaritos que les hubieran cortado las alas.
En los batallones de prisioneros condenados a trabajos forzados, la comida, el vestido y el alojamiento eran cosas secundarias, cualquier cosa valía para el caso. Sin embargo, la parte espiritual se cuidaba con esmero.
En mi Bon. cada semana había confesiones y comunión general. El día anterior, aprovechando la formación para pasar lista, el oficial de turno anunciaba: “Mañana, los que quieran ir a confesar y comulgar, quedan dispensados del trabajo; pueden ir los que quieran libremente a su voluntad.
Los que quieran ir, que den un paso al frente para tomar sus nombres”.
Salían casi siempre ocho o diez y a veces menos. El alto mando del clero debió considerar que aquella cifra era insuficiente y entonces cambió de táctica. A la semana siguiente la orden se dio de la siguiente forma: “Mañana hay comunión, cada uno es libre de ir o no según su voluntad. Los que no quieran ir, que den un paso al frente”. La nueva estrategia dio un resultado fantástico, nadie dio un paso al frente. Total que a la mañana siguiente el Bon. fue a confesar en bloque. Naturalmente hubo que reforzar los efectivos confesionales.
En una gran nave cuadrangular había cuatro confesores, uno en cada esquina. “Trabajaban” a pecho descubierto sin parapeto, sólo una simple silla. Los componentes del Bon. estábamos arrodillados en mitad de la nave, y cuando en los confesionarios se producía una vacante, acudíamos pronto para evitar estar más tiempo arrodillados. A mi me tocó un fraile descalzo que llevaba unos gruesos cordones en la cintura y una larga barba. A todos nos ponía las manos sobre los hombros y acercaba tanto la cabeza que me hacía cosquillas en la oreja con su larga barba. Estaba yo muy desentrenado en tales menesteres, pero por lo visto lo hice muy bien, porque, al poco rato de confesar, el fraile levantó la cabeza y me dijo, mirándome fijamente: ¿Cómo puede ser que siendo tan bueno estés aquí? Yo dije: “Mire, padre, es que he tenido mala suerte, con los traslados se perdieron mis avales y ya puede ver que injusticia”. Me preguntó por último: “¿Eres prisionero o evadido?”. “¡Evadido!”, respondí con energía. “¿Por donde te evadiste?”. “Por Francia” -le contesté-. “A por Francia” -dijo lentamente, moviendo la cabeza, y me largó no sé cuantas oraciones y padrenuestros de penitencia.
Más de un incauto “picó” en estas confesiones y la penitencia no fueron precisamente padrenuestros.
Había que andar con cuidado con tales confesores. Era natural, habían sufrido persecuciones y una gran escabechina, y aunque muchísimos de nosotros no teníamos culpa ninguna de tales desmanes, ahora nos tenían “de rodillas y a sus pies”. ¿Por qué será que siempre que las masas se desbordan los conventos y las iglesias y sus moradores son los primeros en arder? Alguien que pueda entenderlo deberá encontrar la causa.
Era un día tranquilo, de un frente muy tranquilo, no pasaba nada, los soldados se movían por encima de las trincheras sin ninguna precaución, tan sólo sonaban de vez en cuando algunos disparos de rutina que nadie les prestaba atención. El parte de guerra de aquel día rezaba así: “Sin novedades dignas de mención en ninguno de los frentes”.
Pero al soldado Martínez, uno de aquellos disparos de rutina le atravesó el cuello exactamente por la garganta. Murió instantáneamente, sin dar un grito, tan sólo al expirar un pequeño pataleo, como una res degollada. A pesar de lo que decían los partes de guerra, para el soldado Martínez aquel día hubo una batalla terrible, la humanidad entera había perecido.
En medio de un gran charco de sangre y con los ojos muy abiertos mirando un punto indeterminado, estuvo mucho rato sin que nadie se atreviera a retirarlo. Estábamos anonadados, y total por un sólo hombre. Otras veces, en cambio, morían muchos y parecía no tener importancia.
“Fue en el Ebro el 14 de septiembre de 1938”.

Lo que no se ha dicho todavía

Retall del manuscrit original de Joan Costa.

Empezaré primero haciendo un poco de historia, pero no una historia de aquellos libros que hablan de Sagunto o Numancia.
Esta es una historia fresca, aún están los padres que perdieron a sus hijos, los hijos que perdieron a sus padres, las esposas que perdieron sus maridos.
Fue la Guerra Civil, la sublevación militar, o el “Glorioso Alzamiento Nacional”, según de la forma en que quiera explicarse.
Y me dirijo sobretodo a la juventud que sólo ha sentido hablar de los “Nacionales” que ganaron la guerra y de los “Rojos” que la perdieron (la perdimos).
En primer lugar, debo decir que no pienso hacer un elogio ni una defensa de aquellos luchadores y aquellos comités que se nombraban ellos mismos, y actuaban y luchaban por su cuenta haciendo la revolución a su manera y cometiendo atropellos y barbaridades, lo que contribuyó en gran parte al descrédito y a la pérdida de una noble causa, disculpando siempre a muchos que de buena fe se encontraron metidos en el fango.
Hablaré en primer lugar de como se planteó la lucha (desde mi punto de vista, desde luego). Los unos eran los que se sublevaron contra la República, es decir, los fasciosos. Los otros, los que defendíamos la República, es decir, los Leales.
Así pues, sabed bien que los jóvenes no eran los Nacionales y los Rojos los que lucharon, eran los Leales y los Fasciosos.
Sí, como siempre habéis oído, eso del Glorioso Alzamiento Nacional, o ¿porqué la guerra duró tres años?, ¿no sería que los Nacionales lucharon con los fantasmas?
En el primer término se planteó la lucha que costó a España un millón de vidas “un millón de muertos que se dice erróneamente”. Ese fue el trágico balance del Glorioso Alzamiento que durante tantos años ha sido y habéis oído glorificar.
Figuraos un montón de un millón de muertos. Harían un bulto tan grande como una montaña. Si su sangre se hubiese juntado, habría formado un torrente que incluso pudo desbordarse anegando la tierra. ¿Quién eran estos muertos? ¿De quién era tanta sangre? Eran españoles, algunas veces paisanos, de una misma provincia, incluso de un mismo pueblo, en muchos casos amigos, y hasta en algunos hermanos, que fueron lanzados a la lucha por la sublevación Fascista-Militar, y a esta monstruosidad bárbara, cruel y repugnante, ¿se le puede llamar un movimiento glorioso?
¡No! Y mil veces no, y hace falta que todos lo recuerden.
En todos los pueblos y particularmente en las iglesias (en mi pueblo está en la iglesia) hay unas lápidas, unos nombres y una inscripción que dice “Gloriosos caídos por Dios y por España” ¡Presentes!, son los nombres de los que cayeron en las encrucijadas de cualquier camino. Pero estas listas no están completas ni mucho menos, faltan en ellas millones de nombres que también cayeron, por eso habrá que hacer algún día unas lápidas mucho más grandes y habrá que poner en letras muy grandes ¡Presente!, un monumento que será incluso poca cosa por lo que merecieron.
Al pasar el tiempo, la guerra era cada día más larga y más dura. La consigna del gobierno del Sr. Negrín era resistir, resistir de la forma que fuese con pan y sin pan.
Pero aquel camino no tenía salida, la retaguardia estaba podrida, la tropa hambrienta, desmoralizada, aniquilada, la guerra estaba perdida desgraciadamente para el pueblo. Se disputó no obstante la última batalla, la del Ebro, para el pueblo aquella la última jugada. Como para un jugador particular que por mala suerte ha estado perdiendo toda una noche y luego juega el resto a una sola carta. ¡Se perdió todo!, pero se demostró al enemigo y al mundo entero que el pueblo Español sucumbió pero no se rindió jamás.
Como siempre en los momentos críticos, la camarada Pasionaria lanzaba por enésima su consigna “vale más morir de pie que vivir de rodillas”. Era una consigna hermosa y terrible a la vez, pero aquella consigna era sólo para los héroes y los superdotados, y la mayoría ya habían sucumbido.
Entre la gran masa del pueblo, hambriento, y el que en muchas familias faltaba un hijo, un hermano o un padre, ya no les importaba vivir de rodillas con tal de salvar la miserable vida. Las fuerzas armadas (a veces desarmadas y descalzas) siguieron entonces el mismo ejemplo, y salieron a la superficie entonces entre el pueblo y entre la tropa aquellos elementos repugnantes que levantaban el brazo y gritaban ¡Viva Franco!
....Han pasado los años. Ya no lloran las viudas que perdieron a sus maridos (vaya zorras, algunas), ya no lloran los hijos que perdieron a sus padres (está muy apretada la vida para llorar), ya no lloran los padres que perdieron a sus hijos (muchos han muerto ya), pero en el fondo cada uno guarda sus recuerdos. Yo me acuerdo como si lo estuviera viendo delante de mis ojos a los camilleros de mi compañía durante la batalla del Ebro como estaban tanteando el terreno con el pico para enterrar un camarada, en aquella cota pelada donde no había hondura suficiente para cavar una fosa, ya estaba ocupada, porque allí había más muertos que tierra.
Resumiendo: en el verano del 36 en España la situación política y social estaba embarullada pero la guerra pudo haber sido evitada y los responsables todavía están en deuda.
Yo puedo explicarlo a mi manera: España era como un bosque, había hermosos árboles, grandes pinos, había también mucha maleza. Con esfuerzo con tenacidad, incluso con desgarrones, pudo limpiarse la maleza y los árboles buenos habrían crecido mejor. No se hizo así, los reaccionarios y los militares pegaron fuego al monte y ardió toda la maleza y los árboles. Para eso no era necesaria la guerra, porque en las guerras no gana el que tiene razón, tiene razón el que gana. Las balas, los proyectiles y las bombas son ciegas y matan igual los buenos que los malos.
Después de muchos años el bosque vuelve a estar poblado, hay también hermosos árboles, pero ha crecido también otra vez la maleza, ¿hay que pegarle fuego otra vez? ¡Yo creo que no!
Hay que empezar otra vez. Dejar que suban los árboles buenos y cortar la madera a fondo, que tarde en rebrotar, y si fuera posible, arrancar de cuajo y esto necesita esfuerzo, tenacidad, sacrificios, incluso debe producir desgarrones; es inevitable.
Después los capitostes del Régimen que conquistaron a sangre y fuego han intentado darle visos de legalidad, hablan y hablan de métodos revolucionarios, que desde luego no tienen nada que ver con la doctrina “José Antoniana” de los tiempos de la Falange. Si José Antonio viviera, seguramente se le caería la cara de vergüenza de ver lo que han hecho los reaccionarios y caciques españoles en nombre de su doctrina, que, equivocada o no, buscaba una renovación, algo que no hemos podido ver sus resultados.
Si viera que después de tantos años los proletarios y los campesinos sin tierras estamos igual o más denigrados acaso que en su juventud, maldeciría a todos los que en su nombre han hecho escarnio del pueblo y vería que su sacrificio fue estéril para él y sus buenos seguidores.
Pero bien que se han aprovechado otros para medrar a costa de lo que él sembró.
Han venido los tiempos que el Régimen completamente desfasado, fuera de tiempo, intentan en vano ponerse a tono con la realidad, inventan democracias orgánicas, elecciones, referéndums y otras zarandajas, todo a su manera, todo inventado por ellos mismos, sin tener en cuenta que sobre esto no hay ya nada que inventar, la democracia existía ya en tiempos de los griegos y la democracia, por tanto, no pueden inventarla ellos.
Lo que hacen es perpetuar la injusticia, la falta de verdadera libertad política, porqué la democracia es como, por ejemplo, el arroz con conejo. Para que sea arroz con conejo, hay que ponerle, además del arroz, conejo, de lo contrario, no es tal cosa aun que se diga ¡Habrá que enseñarles a esta gentuza lo que es democracia y como se hacen unas elecciones! 1967.

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